Esta es una de las frases que más me dicen. Y al principio la escuchaba como si fuera una buena noticia. Sencillo suena a que me va a dar poco trabajo: pocas páginas, poco texto, pocas decisiones.
Pero es exactamente al revés.
Es mucho más difícil contar lo mismo con poco que contarlo con mucho.
La abundancia esconde
Cuando hay mucho, casi todo se disimula. Una parte más floja queda enterrada entre otras cinco. Un texto que realmente no dice mucho pasa desapercibido porque hay otros doce debajo.
Pero cuando hay poco no te puedes esconder. Cada decisión se ve. Y si está mal, no pasa desapercibida.
Por eso hacer una web sencilla que además esté completa, se entienda y te represente lleva más trabajo, no menos.
«Simplificar no es quitar información. Es conseguir que leas lo realmente importante.»
La reacción natural, cuando una página se ha hecho larguísima, es recortar: eliminar la mitad del texto. Y en algunos sitios puede funcionar.
Pero hay páginas donde no puedes recortar sin más, porque cuando alguien está a punto de pagar tiene derecho a tener toda la información antes. Qué incluye. Qué no. Cómo es el proceso. Qué pasa si cambia de opinión.
Tu página tiene que ser transparente. Dejar fuera algo que la otra persona necesita saber no es elegancia: es contar las cosas a medias.
La información no se quita, se guarda
Se puede dejar a la vista lo esencial, lo que permite entender de un vistazo qué hay en esa página, y lo demás espera bien ordenado detrás de algo que se abre solo si lo pides. Y si además no lo titulas con nombres de sección, sino con las preguntas que la gente trae en la cabeza, mucho mejor: qué incluye, qué vamos a hacer, qué pasa después.
El resultado es difícil de explicar, pero es muy fácil de notar: la página puede tener más información que antes y aun así aparentar la mitad.
Lo que no se ve, que es casi todo
Una web sencilla no tiene grandes transiciones. No hay movimiento por todas partes, no hay una navegación llamativa, no hay nada que distraiga. Lo que hay es un montón de decisiones pequeñas: cuánto aire dejar entre bloques, dónde cae la mirada al entrar, qué se lee primero, qué une o separa unos espacios de otros. Cosas que nadie nota si están bien puestas.
Pero si fallan, el sitio no queda sencillo, queda soso. Y esa diferencia, que parece un matiz, es todo un trabajo.
Y hay una última cosa, que me parece importante y no siempre se trabaja así.
En una web honesta las páginas no tienen que ser iguales entre sí, porque hacen cosas distintas. Una cuenta quién eres. Otra vende un servicio y tiene que explicarse. Otra es un sitio donde escuchar algo. Otra, unas recomendaciones. Tienen ritmos distintos y su aire tiene que ser diferente.
Entres por donde entres, la misma casa
Pero aun así, entres por donde entres, tiene que notarse perfectamente que estás en la misma casa.
Esto no pasa solo. Hay que coserlo con cosas que no se ven a simple vista: las mismas medidas, el mismo tipo de silencio entre bloques, los mismos pequeños gestos repetidos.
La variedad la ponen los contenidos y las imágenes. La coherencia la pone todo lo demás.
Por eso, cuando un cliente me dice que quiere algo sencillo, ya no pienso “qué bien, va a ser rápido”. Lo que pienso es: vamos a tener que pensar muy bien para tomar buenas decisiones, porque aquí no hay dónde esconderse.
Y cuando sale, es el tipo de web en la que la gente entra, encuentra lo que venía a buscar y se queda con la sensación de que detrás hay alguien que sabe lo que hace.

